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dijous, 4 de desembre del 2008

Xavier Benguerel. El testament (1955)

En Josep es mulla un dit amb saliva. Ensonyat, rondinaire, s'unta la picada d'un mosquit, a la galta. Mig obre un ull, la flama trèmula d'un ciri li fereix la retina.
—¡Ara rai, que ja és mort!
Sent una lleugera esgarrifança. Després, indiferent, s'acomoda de nou en la vella butaca i es torna a adormir.

[...]


Ballen davant de Déu i els homes. Fora del temps i de l'espai. Ballen mentre es miren als ulls, en silenci, i s'allunyen per sempre en aquella nit excepcional, sense edat, sense història.

Barcelona, desembre 1954

dilluns, 10 de març del 2008

Juan Rulfo. Pedro Páramo (1955)

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:

─ No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.

─ Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

(…)

Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo.

─ Soy yo, don Pedro ─dijo Damiana─. ¿No quiere que le traiga su almuerzo?

Pedro Páramo respondió:

─ Voy para allá. Ya voy.

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Vladimir Nabokov. Lolita (1956)

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-Li-Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.

Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

(…)

Hace cincuenta y seis días, cuando empecé a escribir Lolita, primero en la sala de observación para psicópatas, después en esta reclusión bien caldeada, aunque sepulcral, pensé que emplearía estas notas in toto durante mi juicio, no para salvar la cabeza, desde luego, sino el alma. En plena tarea, sin embargo, comprendí que no podía exhibir a Lolita mientras viviera. Quizá use partes de esta memoria en sesiones herméticas, pero su publicación ha de diferirse.

Por motivos que quizá parezcan más evidentes de lo que son en realidad, me opongo a la pena capital. Confío que el juez comparta tal actitud. De haber comparecido ante mí mismo, habría condenado a Humbert a treinta y cinco años por violación y habría descartado el resto de las acusaciones. Pero aun así, Dolly Schiller me sobrevivirá sin duda muchos años. He tomado la siguiente resolución, con todo el sostén y el impacto legal de un testamento firmado:

Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva.

Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de C. Q. Había que elegir entre él y H. H. y era preciso que H. H. viviera a lo menos un par de meses más, para que tú vivieras después en la mente de generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.